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Byung-Chul Han: Cuando producir era mostrar, no fabricar  -  por cronywell

Byung-Chul Han: Cuando producir era mostrar, no fabricar

Una reflexión filosófica sobre el sentido original de la producción y su transformación en la sociedad del rendimiento

Vivimos en una época donde todo debe producir resultados visibles. Nuestra existencia se ha convertido en una sucesión ininterrumpida de tareas, metas y cifras que justifican nuestro lugar en el mundo. El tiempo libre se percibe como una anomalía, el descanso como una falla del sistema, y la pausa como un vacío que debe llenarse cuanto antes. Sin embargo, esta comprensión de la producción como fabricación constante y acumulación de logros no siempre fue así.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, una de las voces críticas más influyentes de nuestro tiempo, nos recuerda que el concepto de producción tuvo un significado radicalmente diferente. En su origen, producir no era sinónimo de fabricar más, sino de decidir qué merecía aparecer ante la mirada común. Esta distinción, aparentemente sutil, desarticula toda nuestra concepción moderna del trabajo, la creatividad y el valor humano.

El sentido olvidado de producir

La palabra producción no significaba fabricación ni elaboración, sino exhibir, hacer visible.

— Byung-Chul Han

Esta afirmación introduce una fisura profunda en nuestra manera de pensar. La palabra producir proviene del latín producere, compuesto por pro- (adelante, hacia afuera) y ducere (guiar, llevar). Literalmente significa llevar adelante o sacar a la luz. No se trataba de añadir valor, ni de optimizar procesos, ni de demostrar utilidad, sino de hacer presente algo que merecía ser visto.

En su sentido más antiguo, producir estaba vinculado a la idea de aparición. Algo se producía cuando dejaba de estar oculto y se mostraba, cuando entraba en el espacio común de lo visible y compartido. La producción no era una carrera contra el tiempo, sino un gesto que ponía algo en relación con los demás, un acto de confianza en que lo mostrado encontraría su lugar sin ser forzado.

Esta concepción implicaba una relación radicalmente distinta con el valor. No todo lo que se producía tenía que ser rentable, ni todo lo visible debía justificarse mediante su función. Había gestos, obras y palabras que se producían porque tenían sentido en sí mismas, no porque respondieran a una demanda externa. La producción era, en cierto modo, un acto contemplativo que exigía atención, cuidado y paciencia.

Figura 1: El sentido original de producir como acto de hacer visible

La sociedad del rendimiento: cuando la libertad se convierte en imperativo

Han describe nuestra época como la sociedad del rendimiento, un sistema donde los individuos ya no son explotados por fuerzas externas, sino que se explotan a sí mismos bajo la ilusión de libertad. Esta autoexplotación es mucho más eficaz que la explotación tradicional porque va acompañada de un sentimiento de autonomía y realización personal.

La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento. Sus habitantes ya no se llaman sujetos de obediencia sino sujetos de rendimiento. Estos sujetos son emprendedores de sí mismos

— Byung-Chul Han

El cambio de paradigma es radical. Hemos pasado de las sociedades disciplinarias de Foucault —hospitales, cárceles, cuarteles, fábricas— a una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos y centros comerciales. El poder ya no funciona mediante prohibiciones externas, sino a través de la positividad del poder hacer. El imperativo ya no es debes, sino puedes, y precisamente esa aparente libertad es lo que nos encadena.

Esta dinámica no funciona mediante la imposición externa, sino a través de la autoexigencia. Cada persona interioriza la necesidad de producir y se convierte en gestora de su propia exposición. No basta con hacer algo, hay que hacerlo visible, compartible, validable. El resultado es una forma de agotamiento que no proviene del trabajo físico, sino de la presión constante por mantenerse activo, relevante y presente.

 

Figura 2: El sujeto de rendimiento como explotador y explotado de sí mismo

El yo como proyecto permanente

En este contexto, incluso la identidad personal se ve transformada. El yo se convierte en un proyecto que debe producirse sin descanso, una especie de marca personal que hay que cuidar, actualizar y optimizar constantemente. Producir ya no es solo fabricar cosas, sino fabricarse a uno mismo. Y esa tarea, lejos de liberar, genera cansancio, ansiedad y una sensación difusa de insuficiencia.

El sujeto de rendimiento se encuentra atrapado en una paradoja: es simultáneamente amo y esclavo de sí mismo. Se cree libre porque no hay un jefe explícito que lo controle, pero en realidad ha internalizado todos los mecanismos de control y se somete a una autovigilancia mucho más implacable que cualquier supervisor externo.

De la visibilidad compartida a la exposición constante

El problema surge cuando la visibilidad deja de ser un acto de apertura y se transforma en una obligación permanente. En la sociedad contemporánea, producir ya no es solo mostrar, sino demostrar. Demostrar competencia, valor, rendimiento, relevancia. Todo lo que se hace parece necesitar una justificación explícita, una métrica que lo valide.

La visibilidad se vuelve ambigua. Por un lado, es imprescindible para existir socialmente en el mundo digital y profesional. Por otro, se convierte en una fuente constante de presión y evaluación. Lo que no se muestra parece no contar, pero lo que se muestra queda inmediatamente sometido a juicio. La producción deja de ser un acto libre y se convierte en un examen continuo.

Las redes sociales y las plataformas digitales han intensificado exponencialmente esta dinámica. Cada publicación, cada comentario, cada “like” se convierte en una unidad de valor que alimenta la necesidad de exposición constante. La vida misma se transforma en contenido, en material que debe ser continuamente producido, editado y distribuido para el consumo de otros.

El cansancio como síntoma de época

Han identifica el cansancio como la enfermedad característica de nuestra época. Pero no se trata de un cansancio productivo que conduce al descanso y la regeneración, sino de un cansancio violento que destruye toda comunidad, toda cercanía y toda narrativa compartida. Es un cansancio que aísla y divide, que agota todos los sentidos.

Las enfermedades neuropsiquiátricas contemporáneas —depresión, trastorno por déficit de atención, síndrome de desgaste ocupacional— no son anomalías individuales, sino síntomas de un sistema que exige rendimiento perpetuo. El burnout no es el resultado de trabajar demasiado, sino de la imposibilidad estructural de parar, de la desaparición de espacios para la contemplación y el verdadero descanso.

El exceso de positividad también se manifiesta como un exceso de estímulos, informaciones e impulsos. Modifica radicalmente la estructura y economía de la atención. Con ello se fragmenta y destruye la atención.

— Byung-Chul Han

Figura 3: La fragmentación de la atención y el cansancio violento

Lo invisible como espacio perdido

Cuando todo debe producir resultados cuantificables, algo fundamental se pierde: la posibilidad de que existan espacios sin rendimiento. Lo que no se traduce en métricas visibles queda marginado, aunque sea precisamente ahí —en el silencio, la espera, la contemplación— donde surgen la reflexión profunda, la creatividad genuina y el descanso auténtico.

El tiempo contemplativo, ese tiempo que no produce nada en términos económicos pero que es esencial para el pensamiento y la cultura, ha sido colonizado por la lógica del rendimiento. Incluso el ocio se ha convertido en una actividad productiva: debe ser optimizado, debe generar experiencias compartibles, debe contribuir al desarrollo personal.

La vita contemplativa, esa dimensión de la existencia humana dedicada a la reflexión y la contemplación, ha sido casi completamente absorbida por la vita activa. No hay tiempo para pensar porque siempre hay algo que hacer, algo que producir, algo que demostrar.

Hacia una nueva comprensión de la producción

Recuperar el sentido original de la producción no significa rechazar el trabajo ni idealizar el pasado, sino cuestionar la reducción de toda actividad a rendimiento cuantificable. Significa recordar que mostrar no es lo mismo que demostrar, y que hacer visible no implica necesariamente competir o justificarse ante una audiencia invisible pero omnipresente.

Han propone lo que denomina una revolución del tiempo recuperar formas de temporalidad que no estén sometidas a la lógica de la productividad. Esto implica reivindicar el derecho a la lentitud, a la pausa, a la contemplación. Implica reconocer que no todo lo valioso puede medirse, y que la vida humana necesita espacios donde no se exija rendimiento alguno.

La propuesta implícita de Han es una invitación a reconciliarnos con lo que aparece sin exigirnos nada a cambio. A permitir que ciertas cosas existan sin ser inmediatamente evaluadas. A producir sin agotarnos, a mostrar sin exponernos del todo, a aceptar que no todo lo valioso tiene que rendir.

Figura 4: La revolución del tiempo y la recuperación de la contemplación

Prácticas de resistencia: la amabilidad como gesto político

¿Cómo resistir a un sistema que no nos oprime desde afuera sino desde nuestra propia interioridad? Han sugiere que la resistencia no puede ser frontal —no hay un enemigo externo que combatir— sino que debe articularse como una praxis de la demora, como un conjunto de prácticas que desaceleran, que interrumpen el flujo constante de actividad.

La amabilidad emerge como categoría política. No se trata de la amabilidad como cortesía superficial, sino de una mirada amable hacia el mundo que no busca inmediatamente apropiarse, categorizar o instrumentalizar lo que ve. Es una forma de atención que permite que las cosas sean sin necesidad de traducirlas inmediatamente en valor o utilidad.

Esta amabilidad implica recuperar la capacidad de detenerse, de contemplar sin propósito, de establecer relaciones que no estén mediadas por la lógica del intercambio. Implica desarticular psicológicamente los mecanismos de la sociedad del rendimiento mediante pequeños gestos cotidianos que recuperen otras formas de estar en el mundo.

Conclusión: Producir como acto de aparición

En un mundo saturado de actividad y visibilidad forzada, volver a pensar la producción como acto de aparición puede ser una forma discreta pero radical de resistencia. Una manera de recordar que, antes de fabricar resultados y acumular métricas, producir consistía simplemente en hacer visible lo que merecía ser visto.

No se trata de rechazar la tecnología, el trabajo o la productividad en sí mismos, sino de cuestionar su totalización. Se trata de recuperar espacios donde la vida humana pueda desplegarse en dimensiones que no sean inmediatamente traducibles a rendimiento: el pensamiento profundo, la creación artística sin expectativas de mercado, las relaciones humanas sin propósito instrumental, el descanso genuino.

La filosofía de Byung-Chul Han nos invita a reconocer que vivimos en una época de violencia positiva, donde el imperativo de poder hacer se ha convertido en una forma de dominación más sutil pero no menos efectiva que las formas de poder disciplinario del pasado. Y nos desafía a imaginar y practicar formas de vida que no estén enteramente subsumidas bajo la lógica del rendimiento.

Tal vez la tarea más urgente de nuestro tiempo sea aprender de nuevo a producir en el sentido original del término: no fabricar más, sino discernir qué merece aparecer. No demostrar constantemente nuestro valor, sino confiar en que algunas cosas tienen sentido por sí mismas. No exponernos sin descanso, sino cultivar espacios de invisibilidad donde podamos simplemente ser.

Producir no es acumular objetos, sino elegir qué merece ser puesto a la vista. A veces, hacer visible consiste en retirar todo lo demás.

Referencias conceptuales

Obras clave de Byung-Chul Han:

La sociedad del cansancio (2010) — Análisis de la transformación de las sociedades disciplinarias en sociedades de rendimiento.

La sociedad de la transparencia (2012) — Crítica de la obsesión contemporánea por la visibilidad total.

La agonía de Eros (2012) — Sobre la desaparición del deseo y la otredad en la sociedad narcisista.

Psicopolítica (2014) — Análisis del neoliberalismo como forma de dominación psíquica.

La expulsión de lo distinto (2016) — Sobre la pérdida de la otredad y la diferencia genuina.

El aroma del tiempo (2009) — Filosofía de las temporalidades y la crisis del tiempo narrativo.

Conceptos clave desarrollados en el artículo:

Sociedad del rendimiento: Sistema social caracterizado por la autoexplotación de sujetos que se creen libres pero que han internalizado los mecanismos de control y evaluación constante.

Violencia de la positividad: Forma de violencia que no proviene de la prohibición externa sino del exceso de estímulos, del imperativo de poder hacer, de la obligación de rendir constantemente.

Vita contemplativa: Dimensión de la existencia humana dedicada a la reflexión, la contemplación y el pensamiento profundo, que ha sido colonizada por la lógica del rendimiento.

Praxis de la demora: Conjunto de prácticas que desaceleran el ritmo frenético de la sociedad del rendimiento y recuperan formas de temporalidad no productivas.

Publicado el 26/01/2026 » 17:22   | |    |


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